Cada vez que hablo sobre la vida en el ministerio, hay tres preguntas que aparecen casi siempre.
Las he respondido en podcasts, en conversaciones de pasillo, en mensajes directos. Pero quería escribirlas aquí, porque merecen una respuesta honesta, no la versión pulida.
1. ¿Cómo haces para no agotarte?
Respuesta honesta: a veces no lo logro. Hay temporadas en las que llego vacía a casa, sin más que dar. Lo que sí he aprendido es que el agotamiento ministerial rara vez llega de golpe: llega de acumulación. De no decir no a tiempo. De creer que cuidarme es egoísmo. Hoy pongo límites sin pedir perdón por ello. Y eso me ha dado más combustible para el ministerio que cualquier otro hábito espiritual.
2. ¿Cómo concilias el ministerio con ser esposa y mamá?
Con mucha conversación y con el acuerdo de que ninguno de los dos puede hacerlo solo. Alfonso y yo hemos tenido que rediseñar nuestra semana varias veces. Hemos fallado. Hemos ajustado. Y hemos aprendido que el ministerio más importante que hacemos juntos no está en el púlpito: está en nuestra casa. Mis hijas me ven trabajar. También me ven descansar, reírme, leer por el placer de leer. Eso también es parte del testimonio.
3. ¿Alguna vez quisiste dejarlo todo?
Sí. Sin dramatismo, sí. Ha habido momentos en que el peso de las expectativas, las críticas y la responsabilidad se sintieron demasiado grandes. Pero en esos mismos momentos, siempre aparece algo: una mujer que me dice que algo que dije le cambió la vida. Un texto de parte de Dios que llega justo a tiempo. La certeza de que esto es lo que soy, aunque a veces duela. El llamado no se discute con el cansancio. Se sostiene con la convicción de quién te llamó.
